En este artículo, exploramos las principales tendencias tecnológicas que están revolucionando la música y cómo algunos creadores, productores y oyentes están aprovechando estas innovaciones.
La industria musical está viviendo una transformación significativa gracias al impacto de la tecnología. Desde la forma en que se produce la música, hasta cómo se distribuye y cómo el público interactúa con ella, muchos aspectos del sector han cambiado profundamente.
Durante décadas, la música se consumía principalmente en formatos físicos: vinilos, casetes y CDs —aunque también hubo etapas intermedias como las descargas digitales. Con la digitalización, la distribución se volvió más sencilla y económica. Con el auge de los servicios de streaming como Spotify, Apple Music y Amazon Music, la forma de escuchar música pasó a ser más instantánea y accesible desde muchos dispositivos.
Según datos de la International Federation of the Phonographic Industry (IFPI), en 2024 los ingresos mundiales por música grabada alcanzaron 29,600 millones de dólares, y el streaming representó el 69 % de esos ingresos. En ese mismo periodo, los ingresos por streaming superaron por primera vez los 20.000 millones de dólares.
Ese cambio no solo afecta la forma en que escuchamos música, sino también cómo se comercializa, y cómo los artistas interactúan con sus audiencias. Además, la democratización de la distribución permite que muchos artistas —incluidos los emergentes— puedan llegar a audiencias globales sin depender exclusivamente de canales tradicionales.
Antes, producir música de calidad profesional frecuentemente requería estudios costosos y equipamiento especializado. Hoy, herramientas digitales —software de edición, mezcla, masterización— permiten que una persona con una computadora y una interfaz de audio pueda producir un audio competente desde su hogar. Programas como Ableton Live, FL Studio y Logic Pro son ampliamente utilizados por productores de todo el mundo para crear, editar y compartir sus obras (este tipo de software es ampliamente reconocido en la industria).
Además, empieza a notarse la influencia de la inteligencia artificial (IA) en la creación musical: existen algoritmos y plataformas que proponen asistencia en composición, mezcla o creación de música. Si bien aún hay debate —técnico, ético y legal— sobre su papel real y su potencial, muchas personas ya experimentan con estas herramientas, lo que abre nuevas posibilidades creativas e inclusivas.
Una de las grandes ventajas del streaming es la accesibilidad: hoy mucha gente con conexión a internet puede acceder a millones de canciones desde prácticamente cualquier lugar. Las plataformas no solo permiten escuchar música, sino también descubrirla: algoritmos de recomendación sugieren nueva música basada en gustos previos del oyente. Esto ha transformado radicalmente la forma en que descubrimos música.
En regiones como América Latina —y en países como Colombia— donde hay una gran diversidad cultural y musical, este acceso facilita que géneros autóctonos o de nicho logren alcanzar audiencias globales. Eso permite que estilos tradicionales o emergentes puedan viajar más allá de sus fronteras sin depender exclusivamente de medios tradicionales.
La tecnología también ha modificado los modelos de negocio de la música. Mientras que en el pasado los ingresos de los artistas provenían en gran parte de la venta de discos, hoy una parte significativa proviene del streaming, conciertos (presenciales o virtuales), merchandising, licencias, sincronización, etc. De hecho, según la IFPI, en 2024 los ingresos globales por música grabada crecieron 4.8%.
Además, la posibilidad de producir música de forma más accesible, combinada con distribución digital, ha facilitado que más personas —incluso con presupuestos pequeños— puedan intentar una carrera musical. Esto puede contribuir a una mayor diversidad de voces y propuestas musicales.
No obstante, este nuevo modelo también presenta retos: los ingresos por streaming para muchos artistas no siempre son altos, especialmente para quienes no alcanzan millones de reproducciones. Por eso muchos creadores complementan con conciertos en vivo, merchandising, licencias o exploración de nuevas formas de monetización (patrocinios, comunidad directa, etc.).
Con la aparición de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial, surgen preguntas importantes: ¿quién es el autor real de una obra generada con ayuda de IA? ¿El software, el programador o el usuario? Ese debate ya existe en el mundo creativo, y en muchos casos los marcos legales y de derechos de autor —diseñados para épocas anteriores— no están preparados para responder con claridad.
Por otro lado, la digitalización y el auge del streaming han reducido, en general, los riesgos de piratería asociados a copias físicas ilegales, pero no eliminan los desafíos de uso no autorizado, remixes sin permiso, uso de música en redes sociales, sampling sin licencia, etc. Garantizar remuneración justa, transparencia y respeto por la autoría sigue siendo un reto importante para muchos creadores, disqueras y plataformas.
Si bien es más difícil encontrar estadísticas globales recientes que especifiquen cuánto del ingreso en regiones como América Latina viene del streaming, sabemos que la transformación global impacta también en mercados emergentes. La accesibilidad, la menor necesidad de infraestructura física y el auge de plataformas digitales facilitan que artistas locales puedan tener alcance internacional.
En un mercado latinoamericano con fuerte diversidad cultural y estilos propios —como vallenato, cumbia, salsa, reguetón, música urbana, folclor, fusión, etc.— la tecnología representa una oportunidad para amplificar esas voces. Eso no garantiza el éxito automático, pero amplía las posibilidades de descubrimiento, colaboración y distribución internacional.
Aunque nadie puede predecir el futuro con certeza, hay varias tendencias tecnológicas que podrían seguir transformando la música:
Experiencias más inmersivas: se habla cada vez más de conciertos en formatos interactivos, realidad virtual (VR) o realidad aumentada (AR), que permitirían a los fans vivir shows desde su casa con sensaciones más cercanas a un evento presencial.
Nuevas herramientas creativas: la IA (o software asistido) podría seguir evolucionando para colaborar en composición, mezcla, masterización, o creación de géneros nuevos, facilitando la experimentación musical.
Diversificación de ingresos: con conciertos virtuales, licencias, sincronización (cine, videojuegos, publicidad), comunidad directa de fans, crowdfunding, merchandising, etc., los artistas pueden buscar modelos sostenibles más allá del “streaming puro”.
Mayor democratización: cada vez pueden sumarse más talentos desde cualquier parte del mundo, lo que podría multiplicar la diversidad cultural, los sonidos locales y las fusiones interesantes.
La relación entre música y tecnología está hoy más entrelazada que nunca. Desde la producción hasta la distribución, pasando por la monetización y el descubrimiento, la tecnología ha modificado radicalmente la forma en que creamos, compartimos y consumimos música. Este cambio trae consigo oportunidades —diversidad, accesibilidad, nuevas formas de monetizar, mayor alcance—, pero también retos relacionados con la autoría, la remuneración justa, y la sostenibilidad creativa.
Para quienes crean música (como tú, desde tu experiencia con contenidos infantiles, proyectos culturales, producción musical, etc.), la clave será adaptarse con creatividad, usar las herramientas disponibles y pensar en maneras innovadoras de conectar con la audiencia, sin perder la esencia artística.

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